Cuando el Tsunami más grande de la historia arrasaba con las costas del Japón, yo bebía con la mujer del petrolero en un departamento medianamente lujoso y por estrenar que los padres de mi mejor amigo, que radican en Barcelona, me cedieron amablemente, sólo a cambio de que pagara los servicios.
La mujer del petrolero en ese momento no tenía nombre y sólo era la mujer del petrolero y su marido era el petrolero, obviamente.
Si tuviera baja autoestima me preguntaría ¿Cómo es que una mujer tan hermosa, con talento, de buen gusto, inteligente, y además con mucho dinero, se hubiera fijado en mi? Pero tengo el ego exagerado, así que me pareció de lo más normal e incluso pienso que fue muy afortunada al conocerme. Esa vez era verano y el verano en esa ciudad es aun más sofocante cuando se está solo.
Una noche salí a caminar por el parque que rodea el departamento, en la tranquilidad de la noche, inundada solamente por la intensidad de las luces de neón que creí jamás se acabarían, incluso después del alba. Dejé mi intento de dejar de fumar después de tres meses y los caramelitos de limón, aunque fuera el sexto intento, precisamente en ese instante, compré una cajetilla pequeña de Lucky Strike encendí uno, le di una calada y luego con los dedos juntos disparé con fuerza lo que quedaba del cigarrillo. Traspasé los limites del parque, entré en una cafetería envuelta en un silencio agradable y con pocos clientes, de rato en rato giraba la cabeza para ver hacia la calle a través del escaparate. De pronto en la tranquilidad de la esquina se detuvo un BMW, X6, impecable y de color azul, del carro bajó una hermosa mujer, era blanca no por completo, pálida pero tampoco no del todo, de cabellos negros y ondulados, recogidos en un discreto moño, vestía un traje gris claro que tampoco estoy seguro si lo era por completo, a pesar de que en mi memoría existe con total claridad, encajaba con suavidad sobre su cuerpo, zapatos de tacones altos, casi blancos que resaltaban sus piernas y marcaban sus pantorrillas y unos pantis blancos claramente hasta los muslos, además llevaba una cartera breve y rectangular que sostenía sobre su pecho.
−¿Puedo sentarme aquí. A tu lado? –Preguntó
−Sí –respondí a secas.
Evite su mirada. Pidió un café que no se lo bebió y examinó mis fachas. Yo llevaba unas zapatillas que alguna vez fueron azules y que por el tiempo y el uso, en ese momento, ya no se sabía de que color eran realmente, unos jeans también azules desgastados y deshilachados también por el uso, un polo gris con el cuello desbocado y con el logo de “Siniestro Total”, una polera ancha de color opaco con una capucha.
−¿Sueles venir a éste lugar? –Preguntó
−No. –respondí otra vez a secas.
Me puse de pie para irme, y cuando estuve a punto de girar el tronco le pregunté
−¿Quieres ir a tomar unas copas a otro lugar? –surgió una ligera sonrisa de complicidad en ella, se levantó y
−¿Vamos en el mío? –refiriéndose a su carro, yo reí y salimos de la mano.
Desprendió los broches, y su vestido cayó recorriendo su cuerpo con suavidad, como si le acariciara la piel casi con amor, se quedó solamente con sus sostenes, no usaba calzones y sus bellos púbicos parecían brillar a media luz.
−¿Cuál es tu nombre?− pregunté.
−La mujer del petrolero. –Respondió.
Se recostó sobre la cama boca abajo aun con las panties puestas , mientras yo le observaba, levantó ligeramente sus caderas y abrió sus piernas leves, y parecía, desde el angulo en que estaba, como las curvas de las colinas en el crepúsculo invitándome a explorarlas, el frio paisaje que se encendía con el sol hundiéndose en ese cuerpo. Me desnudé de la cintura para arriba, me acerqué con temor de espantarla, junté mis dedos y repasé su vulva acariciándola suavemente, un calor húmedo brotaba desde su interior, y con la yema de mi dedo medio acaricié su clítoris no muy rápido pero tampoco muy lento. Entonces de pronto me giró bruscamente, me desbrochó la correa, me quitó los pantalones, sentí el filo de sus uñas sobre mi piel, buscó mi pene y se lo puso en la boca, sentí como crecía y se ponía duro dentro de su boca y ella relamía todo el entorno con armonía. Buscó el pene erecto con sus manos y se lo puso dentro de ella. Yo sentí que me succionaba con el calor de la humedad de vagina y su vientre bajo. Cuando terminó se reposó con calma sobre mi pecho con sus pelos tendidos como si fuera un abanico, por un momento pensé que estaba desmayada, pero no hice nada. La mujer del petrolero lloraba escondida en su frondosa cabellera negra y parecía que no deseaba que yo preguntara por qué, ni que lo notara, así que no pregunté e hice que tampoco lo había notado.
La mujer del petrolero encendió un cigarrillo, que extrajo de una cigarrera plateada, me ofreció uno y lo rechacé, me puse un caramelo a la boca y encendí el Tv. La mujer del petrolero veía con paciencia la Tv y a la vez fumaba con mucha calma, delgadas líneas de humo en tercera dimensión se desprendían de entre sus labios, como una tela sin peso que flotaba por los aires y se transformaba en una mujer que danzaba ligera y sin peso; mientras yo jugaba con sus pesones como si fueran dos grandes torres fortificadas de la edad media.
En las noticias hablaban sobre la desesperación de los japoneses tras el tsunami que había arrasado parte de la costa de la isla e informaban que entre los muertos y desaparecidos había extranjeros.
−El petrolero estaba ahí –irrumpió el silencio, con calma.
−¿Y no te afecta, no te entristece, no te produce algo? –pregunté
−No.
−¿Por qué?
−Porque no era mi amigo, sino sólo mi amante, mi marido y esposo, además le aborrecía. Es el hijo de un exitoso petrolero de los años 70s, o lo era, incluso le dedicaron una canción. No es que fuera feo o malo, o sucio, o tuviera algún defecto insuperable...
−¿Por qué seguías con él? –irrumpí.
−Pensarás que por el dinero, pero no. Simplemente no lo sé. Hay cosas en el mundo que están unidas y no se saben por qué y creo que es mejor no saberlas nunca.
Le subí el cierre del vestido de la espalda y de pasó sentí el perfume suave de detrás de sus orejas y memorice su hermoso cuello. Me besó con suavidad pero también con intensidad.
−Aprovéchalo, porque es la única vez −dijo, refiriéndose al beso.
−¿No volveremos a vernos? –pregunté.
−Siempre, cuando quieras –respondió
−Jaja, ok. –dije.
Tomó sus cigarrillos, su pequeña cartera y a media voz murmuró “Necesitaré un vestido negro”. Jaló la puerta y desapareció.
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