martes, noviembre 08, 2011

Cumbia Testimonial

Jerónimo; El Iguana Silencioso  (II)

Esta ciudad es triste y aburrida, muy aburrida, tan aburrida que supera todos los niveles de aburrimiento que uno pueda imaginar, incluso los cadáveres se aburren en las morgues. Pero sus visitantes inhalan un aire fresco y metafísico que solamente ellos entienden. Cuando caminan por sus calles estrechas, adoquinadas o sienten el calor mítico y milenario de las piedras en las paredes, enigma de una geometría silenciosa, que al parecer les hace felices, pero a mi que me importa, esta ciudad sólo me rasga el interior con su silencio, sólo rompen las costras de la miseria de a quienes no les importa.

El tipo que vive en la azotea de un edificio de doce pisos sigue siendo mi amigo. Después de su rutina, ya en el crepúsculo, y en la soledad de su habitación, acomoda sus almohadas y enciende un cigarrillo, estira las piernas y concentra su mirada en el cielo raso, hasta lograr una miopía momentánea. Tocan la puerta de la habitación y es la muchacha que le trae un poco de ron y hablan sobre patologías físicas y psicológicas, toman muy rápido los tragos, hasta que yo llegó y tomamos aun más rápido, y le dije: "no es tu sexo lo que en tu sexo me importa" recordando un poema de Panero, y ella sin que me diera cuenta agarró la botella vacía y me golpeó en mi cabeza con tanta fuerza que quedé inconsciente. Cuando reaccioné ya era de amanecida, el sol se aproximaba de prisa y sin preocupaciones, sólo la iguana y algunas palomas me observaban silenciosas, hasta que una paloma me dijo: buen día Julio César, como si me conociera, yo creí que era la tele o alguna alucinación mía, sacudí la cabeza y busque agua, me lave la cara, me moje la cabeza, también indagué por una grabadora o algo así. “Buen día Julio Cesar” –repitió- la paloma mirándome a los ojos, tan cerca que temí que me sacaría los ojos de un picotazo, Jerónimo observaba apacible y en silencio. Quise atraparlas y matarlos a todas, hubo un revoltijo, pero luego todo se calmó y sólo una me hablaba y con mucha precaución y claridad, decidí irme a mi casa, bajé al penúltimo pero resolví volver. La paloma volvió a hablarme y dijo que me tranquilizara, y eso hice, sorbí un poco de agua fría y otro poco de ron. Me aproximé a la Iguana y le pregunté:

−¿Y tú Jerónimo no hablas?- -Es que no sé qué decir- respondió

...

−Veo a través de sus ojos, y él puede ver a través de los míos, yo veo a través de sus ojos como realmente es, incluso veo lo que él desconoce de él mismo, −Decía la paloma, hablando de mi amigo de la azotea del edificio de doce pisos.-que ya no sé si lo es-

− Cada vez que mata a una de ellas se queda una parte de la paloma en él, como algo invisible que se posa en él en forma de locura, de confusión, de agonía, −continuaba.

−Qué hay de la Iguana, de Jerónimo −Pregunté.

−Ese bicho silencioso es la extensión de su locura. Cuando cae la tarde, en el ocaso, se sienten perdidos y se hunden junto con el sol que se hunde en el horizonte.

Jerónimo se ha adelantado, estuvo en la cornisa en silencio hasta que decidió saltar. Ahora mi amigo, el mejor amigo de Jerónimo, todas las noches sube a la cima del techo, repasa el aire frio de la ciudad, llorando, recordando a la amiga desnuda de facebook que se suicidó, pensando en que los extremos aun nos estimulan.

Y sabe que tal vez un día de estos salte.